domingo, 31 de enero de 2010

2x05: Gangrena



Int. Dormitorio de Carol – 10:45 hrs.

Braulio con desesperación abre cada uno de los cajones del closet de Carol, vaciando todo el contenido en el suelo. La puerta está cerrada, con la cama puesta para no permitir que se abra con facilidad. Elena, a su vez, apoyada sobre la pared ya sin amarras ni mordazas, lloraba con amargura y dolor, expresando casi apenas ese sufrimiento con su herido y deformado rostro, lleno de moretones y heridas de distinta profundidad.

-¡Esta puta tiene pura ropa! –grita con furia Braulio, lanzando todas las chaquetas y faldas colgadas de Carol al suelo.

Toma un colgador metálico, el que con fuerza intenta convertir en un arma. Luego se acerca a la silla donde estuvo amarrada Elena, y haciendo palanca con sus manos quita una de las patas de madera.

-Al rincón –dice Braulio a Elena, abrazándola y dándole un cariñoso beso en la cabeza-. No te voy a dejar, ¿ok?

Elena no respondió. Desde el exterior se sienten gritos que van subiendo cada vez más y más de intensidad, era Adela que furiosa se acercaba.

-¡Te voy a matar idiota! –grita desde fuera, haciendo fuerza en la puerta-. ¡Aunque tenga que echar a patadas la puerta abajo, te voy a masacrar!

-Siempre me causó desconfianza ese tipo –murmura desde afuera Carol.

-Maldita ramera –marmulla entre dientes Braulio.

Adela logra correr la cama y abrir parte de la puerta. Entra mostrando con una sonrisa perversa el cuchillo a la pareja que estaba apoyada en una de las paredes. Cuando Adela se pone frente a Braulio y Elena, sin obstáculos de por medio, el guardia se abalanza con rapidez sobre su líder, apuntándola directamente al rostro con el alambre del colgador. Desconcertada, la mujer atina a mover su mano con la cuchilla, pero él golpea certeramente su brazo, haciendo que el arma caiga.

-¡Carol ayúdame! –grita Adela, agachándose a retomar el arma.

Elena se adelanta y la recoge del suelo, Braulio da otro golpe seco en el rostro de Adela, con el que le rompe la piel y provoca que ella bote sangre de la boca, cayendo un diente con ello. Braulio recibe el arma de las manos de Elena, amarra a Adela con las cuerdas que dejó Carol y luego la amordaza.

-¿Tanto te gustó jugar, no? Ahora empezamos nosotros –exclama Braulio con una sonrisa.

Desde el exterior se escuchan los pasos de Carol, que con velocidad se alejan del lugar.


Ext. Calle La Salitrera – 10:50 hrs.

La muchacha que estaba al interior de la casa de los Torrealba sale de la puerta, sosteniendo un fajo de dinero que usaba acariciaba con sus manos. El hombre junto a ella le entrega una billetera, donde pone todo el dinero.

-Adiós –dice él.

-¿Es todo? –pregunta la muchacha.

-Con cuidado no más –exclama él, en tono amenazante.

Desde la vereda del exterior una mujer pasea su bebé en coche. Al cruzar el antejardín de la casa, saca un teléfono celular del bolsillo y con total naturalidad disca un número.

-Nelly –dice-. Un hombre entregó un fajo de billetes a una chica rubia.

-¿Fajo de billetes? ¿Lo que entregaría un padre a su hija? –pregunta desde el otro lado de la línea Nelly.

-No, lo que entrega un empleador a su empleado.

-Te debo una, Sara.

Un automóvil pasa al lado de Sara. Por la vereda, dirigiéndose en sentido opuesto, la muchacha rubia camina muy feliz con su dinero ganado de forma turbia. Como siempre, la arribista Almendra Zúñiga había conseguido su objetivo, su apariencia de chica menor de edad indefensa, sumada a sus contactos, la habían convertido en una de las más cotizadas maleantes de la zona. El auto rojo que andaba a baja velocidad claramente la perseguía. De él bajó Alonso por la puerta del copiloto, el que con velocidad encañonó a la muchacha y la subió al interior del móvil.

-Tú vienes con nosotros –dice él.

En el interior se aprecia a Nelly conduciendo, la que apenas tuvo dentro a la muchacha y su compañero, aceleró a toda velocidad por la calle. De la ventana del segundo piso se ve a la supuesta madre de Almendra, la que furiosa cierra la cortina.

Int. Pasillo 2 – 10:51 hrs.

Carol muy confundida camina tambaleante a través del pasillo, apoyándose constantemente en una pared y en otra, en un vaivén que llamó la atención de Aníbal, que se acercaba en sentido opuesto. Carol desvía la mirada al suelo, pasando al lado del hombre que la miró durante todo su trayecto.

-¿Sucede algo? –pregunta él.

-No no, me siento algo mareada, creo que me cayó mal la comida de la mañana –responde ella.

-¿Y la que se escapó? ¿Eran tus gritos cierto?

-Adela se está haciendo cargo de ella y del traidor –responde Carol con una cínica sonrisa, pero que respondió todas las dudas de Aníbal.

Carol se precipita a la puerta de la habitación de torturas, abriéndola con desesperación.

Int. Habitación de torturas – 10:52 hrs.

La muchacha cae al suelo, jadeando de angustia. La mente nublada en pensamientos de diferente índole le colapsaba cada vez más y más, era tan infeliz en aquel lugar al que estaba condenada a vivir, detestaba las malditas pastillas que debía tomar día a día, y por sobre todo, sentía miedo por primera vez en la vida. Aquella negación a lo que de verdad sucedía le costaría caro, quizás la vida.

Carol abre la cortina plástica para encontrarse con el ansiolítico de turno, pero estaba vacía la silla. “Acá tendría que estar la puta de la noviecita de Braulio” pensó, pateando la silla metálica, retumbando el molesto ruido en todas las paredes de la pequeña habitación.

Totalmente cegada por la angustia, se acerca al mesón de los instrumentos, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre todas las armas, cortando parte de sus brazos y enterrando una gruesa aguja en su codo, derramando un pequeño riachuelo de sangre que se mezclaba con alguna coagulada que ya había de antes. Carol toma la jeringa que tenía enterrada, la quita con rabia, y con los ojos llenos de furia comienza incesablemente a pincharla en su cuerpo una y otra vez, brazos, piernas y estómago eran los afectados, cada una de esas marcas era seguida de pequeñas sanguinarias gotas que al cabo de unos segundos recorrían el cuerpo automutilado de la joven. Lanza la jeringa contra la pared, dando un par de rebotes en el suelo antes de cesar su molesto ruido a plástico y metal que crispaba los nervios de Carol.

De rodillas se deja caer al suelo, cubriendo sus ojos de lágrimas, manchando el rostro con sangre y perdiéndose en el mar de sus pensamientos confusos que ya la habían sacado de quicio.

Int. Jaulas – 10:52 hrs.

Paralelamente, Aníbal hace ingreso a la habitación cárcel con gran estruendo, golpeando con su puño reiterativamente la gran compuerta metálica.

-¡Deténga el escándalo! –protesta Karina.

Miguel todavía yacía recostado, con un evidente estado febril y decaimiento.

-¿Qué le pasa a ese? –pregunta Aníbal, acercándose a la celda donde están Ester y Jonathan.

-La herida que usted le hizo en la mano se infectó –exclamó-. ¿Quiere ver?

Karina torna su vista a su marido, preocupada se acerca y despeja la herida de la mano. Estaba rodeada por una zona negra, carne muerta que lentamente se empezaba a tomar el brazo. Confundida, nerviosa y ya sin esperanzas, abraza a su marido, el que sin estar muy percatado de lo que sucede responde débilmente a la muestra de cariño.

-No puede ser, no puede ser –balbucea Karina entre pequeñas lágrimas que escapan de sus ojos, poniendo su cabeza entre los cortos cabellos de su marido-. Gangrena.

Aníbal abre la celda donde Jonathan y Ester están recluidos. Ambos se hacen para atrás, muy nerviosos, tomándose de las manos el uno con el otro.

-¡No! –exclama Ester-. Por favor, no…

Aníbal saca una pistola de su bolsillo y los encañona.

-¡Media vuelta! –ordena.

Los dos muchachos obedecen el mandato de Aníbal, dan media vuelta. Él se acerca, saca un par de esposas de otro de sus bolsillos de su gran chaqueta marrón y procede a inmovilizar sus manos. Luego con una cadena que termina en dos puntas movibles, engancha ambas esposas y enrolla el metal en una de sus manos. Estaban prisioneros.

-¡Caminen! –manda.

-¡Por favor que sea rápido! –exclama Ester, acongojada.

-Llegó la hora –dice sin ganas Jonathan.

Cuando estaban cerca de la salida, Karina se sostiene de los barrotes.

-Por favor no se vaya. Déjeme atender a mi marido. ¡Se le gangrenó el brazo! –espeta con dificultad Karina-. Soy médico.

-Lo sé –responde seco Aníbal.

-¡Por favor! ¡La gangrena es muy cruel! –suplica la mujer-. Necesito anestesia, una bandeja, una cubierta donde trabajar, suturas…

-¡Olvídelo! –interrumpe molesto Aníbal-. No estamos para caridad.

Karina da media vuelta en la jaula y queda pensativa, con los ojos bañados de lágrimas. Primero su hijo, luego su pequeña, finalmente su marido. Luego venía ella. “Que pase pronto todo” pensó, resignada. Aníbal, quien aún permanecía en la sala, da media vuelta y deja su mirada en Estefanía, la que en todo ese tiempo no espetó palabra alguna, de brazos cruzados miraba con resentimiento a todos. Se acerca a la puerta, y con la llave abre la celda, sin soltar al par de prisioneros.

-Tú, ven –ordena.

-¿Me vas a matar? –pregunta ella.

-Más ratito –dijo, con evidente ironía.

Estefanía sale, Aníbal, no sin antes amenazarla con la pistola, le ordena que ingrese a la jaula donde estaba Ester y Jonathan. Similar procedimiento hace con Karina, a la que pone en la celda adyacente a la que ya estaba, donde habitó durante más de un mes Enriqueta. A pesar de la negativa de la mujer para dejar a su esposo, el fuerte balazo que Aníbal dio contra el suelo la ahuyentó y llevó a obedecer.

-Prometo traer ayuda para su esposo, por eso hago esto –dice Aníbal.

Karina, sin saber si confiar o no en sus palabras, sólo atina a agradecer con una fingida sonrisa.

Flashback. Int. Sala de torturas – noche

En la silla de los ansiolíticos humanos, Leticia estaba sentada, con las manos esposadas y los pies atados, con el rostro morado y herido, los brazos cortados y parte de su ropa destrozada. A pesar del terror podía sentir, se sentía tan orgullosa de haber desencajado el plan de Bastián, que con un cigarro hacía bocanadas de humo que ponían pesado el aire de la habitación. Por la puerta que estaba abierta entra Braulio corriendo con una radio en una de sus manos.

-Don Bastián –dice, el don le hacía sentir extraño, él era mayor que el Torrealba-. ¡El que escapó viene caminando hacia el pueblo!

-¡Y qué esperan para atraparlo! –protesta.

-No lo van a atrapar nunca –dice Leticia con dificultad, entre risas-. Les cagamos el plan par de idiotas, ¡los cagamos!

Bastián da una fuerte cachetada a su ex novia, la que a esas alturas casi no sentía dolor.

-Muero por torturarlo –dice pensativo Bastián-. La única forma que venga es que vea a la puta en peligro.

-¿Qué orden doy? –pregunta Braulio, con la radio en mano chicharreando.

-Que lo persigan y lo hagan acercarse a la base, del resto me encargo yo –ordena, mientras saca las llaves del bolsillo para desatar a Leticia. La toma del pelo y pone su rostro un par de centímetros del de ella, con el cigarro en la boca-. Tu vienes conmigo, perra.

Leticia le escupe en la cara.

Int. Habitación de Carol – 11:01 hrs.

Braulio y Elena se preparan mutuamente para el escape. Usando agua del baño adyacente a la habitación de Carol, Braulio limpia las heridas del rostro de ella. Atada a una de las patas de la cama, Adela permanecía inmóvil, amordazada y acabada. Por primera vez ella era la prisionera que estaba a merced de sus captores.

-Ya estoy bien, estoy bien –dijo Elena, sonriendo por primera vez en el día-. Gracias por hacer esto.

-No quiero que te pase nada malo –dijo algo ruborizado Braulio-. Y disculpa por actuar como actué ayer, me siento entre la espada y la pared todavía.

-Te entiendo, creo que estaría igual.

Braulio toma el rostro de Elena con una de sus manos, lo acaricia y luego con lentitud acerca sus labios a los de ella. La muchacha responde, toma una de las manos de él y rozan sus labios hasta convertirlos en un dulce beso que provocó que Adela hiciera un gesto de reprobación con la cabeza. Luego se abrazan con cariño, por primera vez ambos dejaban fluir sus sentimientos sin caretas.

Int. Habitación de lujo – 11:02 hrs.

Aníbal termina de soltar las esposas a Ester y Jonathan, ambos habían cambiado totalmente el rostro de terror por uno de asombro. Estaban en una gran habitación iluminada por dos potentes focos en la cual había un baño en suite con un jacuzzi, una gran cama matrimonial cubierta con un lujoso cobertor blanco. Alrededor había dos grandes mesones llenos de comida, desde sándwiches hasta lujosos canapés de camarones y queso.

-¡Al fin tengo lo que merezco! –exclama algo más tranquila Ester.

Aníbal da la media vuelta y abandona la habitación sin decir palabra alguna, no sin antes poner llave a la puerta. Jonathan se precipita sobre la comida, bebiendo a destajo de una botella de licor de menta y comiendo lo que más pudo de sándwiches.

-¡Ester aprovecha de comer todo lo que veas!

Ester le siguió, tomando una botella de cerveza y metiendo a su boca una tras otra papa duquesa que había en un plato con tocados de oro.

Jonathan detuvo la comida y miró a su alrededor. Claramente no había ventanas ni una salida clara, exceptuando por un par de conductos de ventilación donde apenas alcanzaba un gato. Sin soltar la botella prosiguió bebiendo y dando vueltas al lugar.

-Igual estamos atrapados –dijo.

-¡Y qué! ¡Come Jona, come! –exclama Ester.

Flashback. Int. Pasillo – noche

Leticia abandona el lugar donde acabó con la vida de Bastián y Tatiana, dejando a Sofía y Mario dentro. Totalmente confundida, con los ojos llenos de lágrimas y tambaleante prosigue su camino en busca de una salida. Pasa al lado de una de las habitaciones, donde la puerta se encontraba abierta. Mira hacia el interior y ve a Felipe, el que le hace una seña de saludo desde el fondo, llorando. Es Adela quien de espalda sin percatarse de que Leticia estaba mirando, preparaba una inyección, mezclando tres cápsulas de vidrio con líquido. La rubia prefiere proseguir, pero al dar vuelta al final de pasillo se encuentra de frente con el imponente Ramsés.

-¿Va a algún lado señorita? –pregunta el hombre, mostrando su horrible dentadura podrida en una perversa sonrisa.

-Sal de mi camino gigantón de mierda, tú y tus malditos sádicos me cagaron la vida ¡Me la cagaron! –vomita palabras sin ningún sentido Leticia, dejando que la furia se tome su cuerpo-. ¿Sabes? Igual yo me los cagué, ¡me los cagué! Ahí está la rubia puta esa partida en dos, ¡jajaja! Vieras como gocé sentir que los huesos se pulverizaban y aquella perra de mierda moría ¿Creía que iba a ganar? ¡Por favor!

-Veo que….

-¡Déjame terminar bastardo! –interrumpe Leticia, absolutamente fuera de sí-. Y la venganza al maricón de Bastián, ¡supieras cuanto tiempo lo amé! ¡Todo lo que hice por él lo tiró a la basura el maricón de mierda! –los ojos de la muchacha se llenan de lágrimas, y su respiración se torna un jadeo constante-. Me da lo mismo que me vaya al infierno ¡Me da igual! ¿¡Quién me va a juzgar!? Si de algo me sirvió esta mierda es para saber que dios no existe ¡es una invención! ¿Me sirvió de algo rezar para que me salve? ¡Nada! ¡Si es que existe, es un maricón igual que Bastián! Igual que mi Bastián…

Leticia cae en los brazos de Ramsés totalmente debilitada, había botado todos sus sentimientos a ese extraño. El gran hombre toma del brazo a Leticia y la transporta por el pasillo de vuelta, rumbo a aquella habitación donde pasó de ser una joven común y corriente a ser una asesina vengativa. Tomó justicia por sus propias manos, y eso a Ramsés le gustó mucho. Es el tipo de gente que buscaba.

Ext. Peladero – 11:06 hrs.

A toda velocidad Nelly pasa con el auto levantando arena. Con brusquedad frena en aquel terreno baldío, baja del auto y abre la puerta trasera, tirando del brazo a la joven Almendra, que apenas se mantenía en pie del nerviosismo.

-No me hagan nada –suplica. Durante el camino nadie emitió palabra alguna-. Por favor, ¿me van a violar?

-No seas ridícula –dice Alonso, bajando del auto-. ¿Para quienes trabajas?

-¡Yo no trabajo! ¡Tengo quince años!

Nelly da un manotazo en el rostro de la chica. Con señas Alonso pide que se calme.

-Mira… ¿Cómo te llamas?

-Almendra Zúñiga –responde, entre lágrimas.

Alonso toma su teléfono móvil, y disca un número.

-Carla, hola habla Alonso… sí ,sí, mira es urgente este llamado –dice al teléfono-. ¿Te conté que estoy haciendo de detective privado? Necesito una información por favor –hace una pausa-. Sí mi vida, si no le voy a decir a nadie, no te preocupes. Es Almendra… dime tu nombre completo. ¡La verdad!

-Almendra Paz Zúñiga Sánchez –dice ella, sacando su identificación de su bolsillo.

-Almendra Paz Zúñiga Sánchez –repite Alonso-. Llámame apenas tenga la información… ¡gracias Carlita, te debo una!

Nelly con poco tacto revisa los bolsillos de Almendra, saca la billetera del bolsillo donde la chica guardó el dinero, y la abre. Muestra el fajo de billetes que aquel hombre le entregó.

-¿No trabajas?

Almendra se rinde.

-¡Mire! No sé para quien trabajé, no tengo idea quienes son. Sólo se que debo decirles papá y mamá. No les conozco el nombre, sólo tenía que hacerme pasar por su hija ahora.

-¿Sólo ahora? –pregunta Alonso.

-Ahora, y otras tantas veces. Debo ir con frecuencia a otra casa donde todos los vecinos creen que soy la dulce hija de un matrimonio. Antes que pregunte –se adelanta a Nelly-, queda en las afueras de la ciudad, una casa de madera, en una calle… ¿cómo se llamaba? Los abetos.

-¿Quince treinta y dos? –pregunta Alonso.

-Sí.

El teléfono del ex policía vibra.

-Carla, dime.

-Almendra bla bla bla –dice la mujer al teléfono-. Diecinueve años, hija de María Antonia Sánchez Castillo y Carlos Iván Zúñiga Beltrán. Tiene antecedentes por portadora de drogas, ha sido capturada un par de veces con marihuana pero se ha declarado consumidora. Y como dato que sale anotado acá, aprovecha su imagen de adolescente menor de edad para delinquir, mucha gente dice que se ha presentado como quinceañera. Sólo que todavía no la hemos pillado con las manos en la masa, ni con pruebas que la inculpen.

-Te debo una Carla, juro que te voy a invitar a cenar. Te dejo, que es urgente esto –Alonso cuelga el teléfono y se dirige a Almendra-. Tienes diecinueve años, mentirosa. No puedo arrestarse, pero sí decirte que a diferencia de tus trabajos con droga, ahora te estás metiendo en una muy pero muy difícil. Esa casa es la de Ester –dice ahora Alonso a Nelly-. Creo que ya tenemos una pista.

Almendra mira hacia el suelo derrotada. Nelly entrega la billetera con el dinero a la chica, sube al auto junto a Alonso y dejan abandonada en el terreno baldío a la joven, que con dinero en mano se dirigió por el camino que dejó marcado el vehículo. Ya no importaba nada de lo que pasó, el fajo de billetes venía con ella.

Int. Jaulas – 11:07 hrs.

La gran compuerta metálica se abre. Al lugar regresa Aníbal, esta vez acompañado de una sierra eléctrica circular.

-¡Qué va a hacer! –exclama Karina-. ¡No haga nada!

-Usted pidió que se cortara la gangrena, ¿no? ¿Y qué hacen los médicos cuando hay una gangrena?

-Amputar –dice Estefanía.

Aníbal quita el seguro de la celda de Miguel, el que apenas podía moverse.

-Karina, ¿qué pasa? –pregunta el hombre, su esposa sostenía su mano desde la otra jaula.

-¡Déjeme hacer a mi el procedimiento! ¡Juro que no escapo, lo juro!

-Cállate estúpida.

Aníbal enciende la sierra, la que comienza un giro cada vez mayor, hasta que las aspas son sólo un gran círculo que acaba con cualquier cosa que se cruce en su camino. Con total brutalidad Aníbal toma el brazo gangrenado de Miguel y posa la sierra eléctrica sobre la zona del codo.

-¿Está bien ahí doctora? ¿O un poco más arriba?

-¡Cállate enfermo! –grita Karina, afirmándose de los barrotes-. ¡Son un montón de enfermos! ¡Cómo pueden hacer esto!

Aníbal da el primer corte, acabando en un segundo con la primera capa de piel, dejando escapar un olor a carne chamuscada y algo de sangre que cae al suelo. Miguel apenas se queja, la fiebre y la infección le tenían demasiado dopado. Con lentitud el hombre prosigue su corte, esta vez acabando con la capa muscular y provocando el primer chirrido al chocar con el hueso. Estefanía está dada vuelta, con el rostro mirando hacia la pared. Karina a su vez miraba pasmada, con una de sus manos cubriendo la boca, los ojos nublados de llanto y los pelos de punta. Miguel grita desesperado, ya había sentido el dolor que provocaba la sierra y por más que tiraba, estaba demasiado débil. Aníbal aleja la sierra, la que seguía girando imparable, y con furia la posa sobre el hueso, pasando de largo en un par de segundos, entre astillas que volaban y sangre con piel que caía al suelo por pedazos. Con el brazo cortado tirado en el suelo, Aníbal sale de la celda, la cierra con el candado y abandona la habitación sin emitir palabra alguna.
Deja en el lugar a Miguel quejándose de dolor, con el brazo perdiendo sangre por montones, Estefanía que vomitaba al sentir el olor de la piel quemada y al ver el brazo cortado en el suelo.
Karina llora desconsolada, golpeando una y otra vez los barrotes con rabia e impotencia, su marido agónico y ella sin poder hacer nada en ese lugar.

Int. Pasillo del Hostal – 11:15 hrs.

Braulio y Elena caminan por el pasillo. El guardia lleva a Adela afirmada del cuello, amenazada con la cuchilla justo sobre la vena yugular, capaz de acabar con su vida en una hemorragia imparable. El paso era lento pero seguro, hasta el momento no se habían topado con nadie. De una de las puertas sale uno de los iniciados, el que queda helado al ver a su líder aprisionada.

-¡Sal del camino! –ordena Braulio-. ¡Entra a tu pieza o la mato!

El iniciado se encierra con llave, a vista de Adela que impotente veía como nadie de sus alumnos era capaz de hacer algo por ella. “Y tantas cosas que yo hice por ellos” pensó para sí misma.

Int. Pasillo 2 – 11:17 hrs.

Braulio y compañía salen por la puerta del Hostal encontrándose casi de frente con Aníbal y Dios. Braulio sin amedrentarse prosigue su paso con su prisionera, la que ve como sus dos líderes quedan helados viendo como escapan.

-¿¡Qué quieres!? –pregunta Aníbal a Braulio-. ¿Qué pides por liberarla?

-Escapar –responde, prosiguiendo su lento paso.

En un santiamén la noticia había dado vueltas por el edificio, por los pasillos y algunas puertas se veía como varios de los trabajadores y alumnos del lugar observaban pasmados, quizás muchos de ellos esperando que se venga una revolución al interior y poder escapar, otros con miedo por sus vidas, y algunos pocos preocupados por Adela.

Aníbal, a diferencia del resto, corrió por otro de los pasillos, sin duda alguna tenía una idea. Dios miraba desde el fondo con naturalidad, confiaba en que su mayor hombre de confianza arreglaría la situación. Elena detiene su paso en la mitad, toca el hombro de Braulio, ella lloraba.

-Mi madre –dice-. Mi padre, no puedo dejarlos.

-Eres tú o nadie, ya no se puede, ¡ya no se pudo! –dijo Braulio, impulsando a Elena a proseguir el camino-. Afuera traeremos a la policía, créeme.

Int. Automóvil de Nelly – 11:18 hrs.

Nelly conduce con gran velocidad por la autopista central de la ciudad, Alonso de copiloto da las señales para llegar al hogar de Ester. El teléfono de Nelly vibra, era un número desconocido para ella.

-Contesta tú –pide Nelly.

-¿Aló?... soy un amigo de Nelly, dígame –dice Alonso. Luego permanece el silencio sin hablar, sorprendido.

El silencio molesta a Nelly, Alonso seguía con el auricular al oído.

-¿Qué pasa?

-Encontraron muerta a tu madre, se suicidó.

Nelly frena en seco en la mitad de la autopista, por primera vez la dureza de la mujer cambió a la más completa vulnerabilidad. Pasmada miró a su copiloto, sin entender todavía del todo lo que sucedía, abrazó a Alonso, desarmándose instantáneamente al sentir que brazos de quien ahora era su mayor aliado le daban todo el cariño y apoyo que necesitaba. Su mayor pilar ya no estaba más junto a ella.

-Tal cual como pasó con la madre de Ester –murmura Alonso.

Ext. Patio de Abaste – 11:19 hrs.

No eran más de cinco metros los que separaban a Braulio y Elena de la salida. El paso era firme, los guardias del lugar se alinearon y esperaron órdenes, no podían hacer nada si era su líder quien era encañonada. Siguieron caminando, el guardia siempre con la cuchilla en el cuello de Adela y Elena a su lado, viendo como cada vez la gran puerta de madera que fue abierta especialmente por orden de Braulio se acercaba.

En el fondo Aníbal sale del edificio de Abaste con una radio en mano, seguido de Dios que todavía guardaba la calma.

-Escucha –dice Aníbal, subiendo el volumen del radio al máximo.

Entre chirridos se escuchan los llantos y gritos de una mujer de edad. Braulio queda helado al reconocer aquella voz.

-¡Diga su nombre! –dice un hombre en la radio, seguido de un fuerte manotazo.

-¡Elizabeth! –grita la mujer-. ¡No me haga daño por favor! ¡Aaah!

-¿Doy orden de matarla? –pregunta Aníbal-. ¡Doy la orden o no!

Elena mira descolocada como Braulio va soltando poco a poco a Adela, deja caer el cuchillo al suelo y finalmente empuja a la líder de Abaste, dejándola libre.

-Discúlpame Elena… es mi madre.

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